Alfonso Martínez Galilea
Puertos de paso: un poemario para quedarse
A propósito de Alfonso Martínez Galilea, Puertos de paso Poemas (1978-2015), Medellín,
Otramina, Editorial Eafit, 2025.
Hablar con sentido de la poesía de AMG es tarea mayor. Ante
este Puertos de paso, como frente a
cualquier otra obra del autor –y eso por exigua que nos parezca, piense el
lector o el oyente en el brevísimo conjunto literario impreso en 2004 junto con
dibujos de Tito Inchaurralde–, nos asalta la sospecha, o la seguridad, de que el
comentarista que se proponga decir algo que no sea vacío ni sea trivial asume
una responsabilidad tal vez inalcanzable para sus trabajosos intentos, una
responsabilidad que juzgará no sabemos qué tribunal, pero este enigma lo
dejamos para otra ocasión.
Y, sin embargo, no sería difícil recolectar una serie de
términos prestigiosos (sin que falten desde luego los adjetivos calificativos y
sus evocaciones inconcretas) que ofrendar al habitual infiernillo de las
navidades que se nos antoja el mundo literario, presto siempre a celebrar la ilustre
convencionalidad acostumbrada.
Pero ¡ay! –y lo siento mucho– AMG se merece algo más que
eso, amerita una teoría legal y leal o, al menos, una formulación modestamente
hipotética que engrane el ineludible juicio de valor con alguna verdad tan
incuestionable como huidiza. Y eso me propongo yo aquí, les advierto, aunque
desde luego resumiré todo lo posible este ensayo al objeto no tanto de evitar
aburrirles o cansarles (que poco me importa, pues todo hay que decirlo) como de
facilitar puerto y paso al núcleo verdadero de este acto. Por otro lado, y ello
viene obligado por la naturaleza misma del libro que nos ocupa –que recoge
poemas de varias décadas, desde los ya lejanos 1970s hasta estos 2020s que
recorremos dubitativos–, la teoría versará no solo acerca de este libro, sino que
deberá comprehender toda la obra del autor, espejo y lámpara esta de varias
épocas y variadas andanzas y desandanzas.
Convendrá, al comienzo de la tarea y atentos a las
ordenanzas, aportar alguna información que pueda suplir la biografía al uso de
las solapas, biografía que se superpone a la de un reluctante servidor de ustedes
en algunos segmentos del vuelo y trayectoria que nuestro héroe ha cubierto, y
ello en un punto que creo particularmente revelador, pero que ha de afinarse.
AMG, logroñés de 1959, estudió cinco años en el Instituto Hermanos D’Elhuyar (tras
dos años en el entonces llamado Instituto Marqués de la Ensenada) y fue
universitario en Santiago de Compostela en los inasibles años primeros de la
llamada transición democrática. Advirtamos ya que la recomendable precisión
cronológica tropieza aquí con el muro de la propia esencia, pues es el caso que
las iniciativas literarias y editoriales de AMG se nos figuran como el dudoso
vasco aquel de hipertrófica genealogía: no datan, son consustanciales a su
persona, han estado siempre allí y lo han de estar por siempre,
Ejercitando las posibilidades que abre la apuntada
intersección entre su vida y la mía, no callaré una impresión siempre
recurrente que me parece constitutiva, esto es, que no puedo separar de mi
concepto de AMG. Y es, a saber, que nuestro poeta, editor y amigo siempre me pareció
adulto, muy adulto, y ello aun cuando –Registro Civil mediante– la carrera de su
vida solo cuenta 133 días más que la de quien les habla. La primera revista que
nació de sus esfuerzos, L’Anguilla,
tres números allá por 1979 y 1980, va a cumplir medio siglo. Tras ella y tras
sus tareas siempre indispensables en volúmenes periódicos y tan compactos como,
es obligado citarla, la revista Calle
Mayor, hay que remarcar su trabajo y sus logros como editor privado de
decenas de títulos que han jalonado la vida literaria de tantos lectores fieles
y autores del catálogo, muchos aquí reunidos y razonablemente atentos.
En cuanto a su producción poética propia me limito a
consignar dos títulos, destilados para el azul de las imprentas, distinguidos
así de otros miles de palabras que son las de otros escritos y unos cuantos tal
vez millones más vertidas en el internet inacabable: la plaquette Teatro en
llamas de 1980 y el malamente editado en 1997 Siestas sin fauno, premio Quintiliano de poesía 1994 y con siete de
sus poemas ahora reeditados.
Y paso a señalar un repetido lugar común de sus amigos ya
admiradores: el de que en su afán por publicar escritos ajenos nos venía así
privando de una edición en condiciones de su propia poesía. No se detengan
demasiado en lo inconexo de la argumentación, en la racionalidad endeble del
tópico. En seguida diré lo que pienso del asunto. Además, el que se dibujaba
como aplastante destino histórico y biográfico ha saltado por los aires (por
eso nos encontramos aquí ahora) y nos llega desde Medellín este Puertos de paso (1978-2015) que se
divide en siete partes, libros o fuentes para un total de 49 poemas que cubren
un arco temporal de nada menos que 37 años.
Volvamos a la idea del editor generoso y desarrollemos el
tópico, pues en ella, pese a su naturaleza falaz, encontraremos algunas claves.
En efecto, se ha dicho repetidas veces y se dice de AMG que su labor como
editor, entre otras muchas cosas, prueba su interés por la obra ajena y prueba
que ese interés es mayor que el que pueda tener por la propia. Se trataría de
una reticencia o una indiferencia por su parte perfectamente falsas, pero que
componen una imagen que contienen una verdad fundamental a la que llegaremos en
un momento. Desde luego, dicha conclusión de la indiferencia ante el fruto
propio no se sigue del interés cierto por lo que otros hacen, por promoverlos y
antes por guiarlos. No puede inferirse que ese interés probado de Alfonso, que
otros artífices le sean tan queridos y tantos esfuerzos les dedique, le lleve a
obliterar la presencia o la presentación de la suya propia.
Recapitulo. A fuer de la inevitablemente mera lógica,
deberíamos reconocer que, con los mimbres aportados, no sabemos cuál es el
interés de AMG por su propia obra. Sí sabemos que es excepcional y generosísimo
su interés por la de los otros. Y debo señalar, por cierto, que, mucho antes de
emprender su labor editorial, tal cosa quedó ya acreditada y somos muchos, yo
el primero, quienes podemos corroborar tal aserto.
Vayamos a la verdad que anunciaba. Creo que, si lo
pensamos un poco, comprenderemos que ese desvelo y esos esfuerzos nos indican
precisamente la clave de la poética alfonsina y no hay desinterés por ningún
lado en lo que vemos. Apuntaban de hecho a una categoría en la que debemos
innegablemente ubicar a Alfonso. Es conocida, es la que puso Eliot en la
dedicatoria a Ezra Pound que abre The
Waste Land, dedicatoria que pasó de manuscrita en un ejemplar de la primera
edición a impresa en todos los que vinieron y para siempre: "For Ezra
Pound: il miglior fabbro"
AMG era y es il miglior fabbro, pero ese fabbro
es artesano y es artista (en atención a los asistentes más internacionales citemos en este Odeón
Mercado Craft Beer que Eliot tendría en la cabeza la palabra “craftsman”), pues
no debe averiguarse propósito derogatorio alguno en la denominación, antes bien
apunta esta a la carencia habitual en sedicentes artistas: se mueve donde hay
que moverse sean cuales sean las alturas sublimes, raramente exploradas, donde
moraban –según se dice– las artes y eso con la detención, el compromiso
auténtico y el método del artesano. Así, lo que descubrimos es que el campo del
interés de Alfonso se extiende a la poesía porque se extiende a un valor y a
una condición humana que tal objeto reclama: el cuidado, que es una de las herramientas
esenciales del poeta, el cuidado por las palabras de todos y, como corrigió uno
de Orense, también por las verdades más terrenales de la tribu, eso sí sin
infatuarse.
Con todo, esta teoría sobre el poeta AMG es todavía
genérica. Deberíamos precisar el modo propio en que este crece con su obra y su
obra con él, pero para eso debemos, desde luego, penetrar en sus palabras
mismas. No obstante, advirtamos que, si el cuidado es la clave del artista y
del artesano, todas las poéticas son la poética, de la que acaso recibamos
espejismos parciales y algún relámpago sobrevenido. El interés se reviste así
de jovial desinterés, de siempre galán desmayo, hasta el punto de confundirnos
en algún momento de nuestro trato y de nuestra aventura lectora.
Ahora, la nueva paradoja que nos sale al paso consiste en
que, para llegar a lo particular de los poemas de AMG, el interés que cuenta es
ya más el nuestro que el suyo, pero esa paradoja aparente (como saben serlo
siempre las paradojas) nos devuelve, por un lado, a la idea de la unidad del
verdadero intento poético y, por otro, se resuelve porque ese interés del
lector es el producto del cuidado, del trabajo y del arte del autor.
Eliot, como saben todos en este local y prácticamente
todos los parroquianos de los locales y terrazas de esta plaza, tomó su
etiqueta del Canto XXVI del Purgatorio, tan repleto, por cierto, de
consideraciones filológico-recreativas. El verso del Dante dice “fu miglior fabbro
del parlar materno”. Lo dice de Arnaut Daniel y en este preciso momento hasta
la calle llegan ya los agudos comentarios que los tercetos circundantes
merecen. No me atrevo a interrumpirlos ni a mediar toscanamente en scholia
tan pertinentes. Sí que me atrevo a recrecer la paradoja de unos párrafos más
arriba con el final de “La suave patria” alfonsina (la del Jubera o la de ríos
confluyentes de hidronimia inestable, no la del lago de Chapala y el río Grande
de Santiago): la voz del río, la feraz sucesión de epifanías que es la
infancia, es tal que “Para nadie más suena, de tan cauta”; pero el poeta sí
que, por espacial y silvestre rareza, puede entregarnos lo que dice que nadie más
puede recibir. Quedémonos con una común experiencia o asomémonos al misterio
geométrico de la iluminación. Y, sobre todo, dejemos este punto
provisionalmente cerrado.
El fabbro
es el herrero y es sabido que hay que dar al hierro lo que pide el hierro. Eso
es el oficio y es el arte, y comienza por saber que fabricamos con materiales
que hemos de saber descubrir y que están convocados para interesar a los otros.
De este modo, nuestro interés por la obra de AMG es
grande porque de ella aprendemos, me permito ahora un hazmerreír terminológico,
y con ella nos procuramos el goce estético (o sintagmas o artilugios aún más
estrambóticos) y todas esas cosas que el lector consumidor espera obtener. Pero
aquí no debemos hablar de lectores consumidores que calculen su utilidad y
estudien cómo obtenerla (no sin atender antes a las tan debidas como tediosas
divagaciones y jurisprudencias). Más bien lo que sospechamos es que si
pretendemos una puerta, un minúsculo asomo, no de otra realidad apabullante,
sino de esta misma en una coreografía iluminadora y nueva de apariencias y
verdades, eso la poesía de AMG lo es como pocas. Pues la poesía (y de manera
sobresaliente los poemas de este Puertos
de paso) no es otra cosa que la paradójica a fuer de imposible cartografía
de una región de la verdad, inaccesible en general como en general lo es la
verdad, pero que se entrevé en unos versos. Y en cierto modo no hay más y con
esto queda todo dicho.
O quedaría si este discurso hubiera sido más claro y,
sobre todo, si no dejara paso franco a toda clase de misticismos idiotas, que
uno no sabe nunca qué será de sus palabras.
Pedro Santana Martínez,
Logroño a 25 de febrero de 2026

Comentarios
Publicar un comentario